Drowning in Blue

 

“Solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece” 

Jorge Luis Borges

 

 

Hay una imagen que descoloca la jerarquía de mis recuerdos: es un olor, un fragmento táctil, una polvareda nocturna que levanta la espiral de emociones puras, inocentes, cercanas y frías a la vez, propias de la infancia. Es una reminiscencia cianótica. La imagen de un lápiz de color. Ese color es un tono de azul, el “Azul de Prusia”, que es más que una tinta para mí. Es niebla y misterio, es emoción que alude a un estado temporal intangible y ese lapso de tiempo, esa alcoba de la niñez, pintada de deseo y calígine, de esperanza y miedo, la volví a encontrar, tres décadas después, en otro azul, el de Irene Cruz. 

Recuerdo perfectamente cuando la conocí y cómo se quedó grabado, en la retina de mis ojos, el silencio, el sosiego, agujereando la matriz del sueño que me devolvieron a la impureza auténtica de la vida. Desde el abrazo consolador de una pareja, a la imagen de un cuerpo que se disuelve en las hojas de un bosque -plasmando su candidez en un entorno bucólico-, a la merced de la incertidumbre, la desaparición, la nada. 

Convive en la fotografía de Irene la idea del medioambiente como supérstite de un ser humano que cesó de habitarlo, para usarlo, dominarlo y, aun así, la naturaleza de la que nos habla en sus fotos es afable, generosa, acogedora. Es una naturaleza que nos perdona, como si una madre absolviera la culpa más nefasta de su hijo, como la mirada de alguien que se está apagando lenta pero inexorablemente y nos sonríe, porque en su esencia no perdura la ira, sino el anhelo de superación. 

En esta nueva serie, titulada “Drowning in Blue”, Irene Cruz reflexiona sobre la injerencia de un material tan habitual en nuestro día a día, como es el plástico, y de su consecuente vinculación con el medio ambiente. Una relación de fuerza y tiranía que suprime, invade y aplasta el amor y el respeto que le debemos a nuestro planeta y que, en realidad, se traduce directamente en querernos a nosotros mismos. 

En cambio, nos enfrentamos a un escenario del que ya no nos podemos apartar: la Tierra llora nuestras propias lágrimas. Este desconsuelo líquido envuelve los cuerpos de los protagonistas de las fotografías de Irene -que navegan en un ecosistema que ya es otro, distorsionado pero reconocible- bajo otra forma, que es aquella con la que tenemos que coexistir. 

Asimismo percibimos en ellos una energía, que sobresale del olvido, y bucea en nuestra conciencia hasta arrinconarnos en la vergüenza que nos corresponde... Sin embargo la eludimos, como si estuviéramos en la orilla de un futuro que supuestamente es de otros, los que vendrán después. No obstante el tiempo, cada vez más rápido, lo va acercando también a nuestra propia existencia. 

Con esta serie de fotografías, Irene nos hace una invitación a recapacitar sobre nuestras responsabilidades como individuos, ciudadanos o, simplemente, como huéspedes de un mundo que, aparentemente, va cambiando con nosotros pero que, en realidad, somos nosotros mismos los que lo estamos modificando. 

En este sentido la poética de la artista lanza un grito de alarma que se enfunda en la indiferencia y el egoísmo, en la pérdida de referentes geográficos. Los sujetos, a merced del agua que los ahoga y los acuna, -dependiendo de las mareas que suben y bajan del umbral del temor de lo que nos espera-, se sumergen en un conflicto que bien podría ser el reflejo de una pesadilla... o simplemente la realidad, auténtica y cercana, que ni siquiera los propósitos más valientes podrían arrebatar a la ineludible tragedia. 

¿Nos tenemos entonces que dejar llevar por la corriente de un desenlace que hemos escrito entre todos, o hay alguna manera para que despertemos de ese letargo que se ha asentado en la comodidad de nuestra sociedad moderna y desarrollada? 

Sin contestar, pero dejando clara una amonestación visual, que se decanta en la belleza de los cuerpos que luchan, se defienden, se comparten o sucumben -bajando cada vez más en la profundidad abúlica del azul infinito, de su azul-, la artista nos hace un hueco en su mundo, que es nuestro mundo, y que es el único (por ahora) que tenemos. 

Andrea Perissinotto